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JUVENTUD ENCUENTRO POR LA DEMOCRACIA Y LA EQUIDAD

PROVINCIA DE BUENOS AIRES

CAMPAMENTO – MORENO 26, 27 y 28 DE FEBRERO DE 2010


Todos y todas convivimos con el discurso del desencanto. En el barrio, en el club, en la escuela, en la facultad. Incluso también, en nuestras familias. Y pasa que nos miran de reojo, con una mezcla de compasión y desconfianza, precisamente por confiar, por creer que la política es una herramienta necesaria e imprescindible para construir juntos una sociedad más justa. Y no es casual que ese discurso de la apatía, del sinsentido repita a cada rato que no sirve, que no hay forma, que nos contentemos con un poco de felicidad envasada, individual y pasajera. Pero sabemos que ese discurso es una trampa. Que quienes estamos acá nos hayamos encontrado, sorteando distancias y dificultades, para seguir construyendo un proyecto colectivo es prueba suficiente de que vale la pena. Y para que este encuentro crezca —para que seamos más las y los que nos encontremos— es necesario correr el velo de este discurso mentiroso y paralizante. Es necesario recuperar la historia, el sentido y la práctica militante. Para eso, también es necesario comprender el mundo, el país, la provincia y el barrio en que vivimos y militamos.

En pleno auge de la Guerra Fría, durante las décadas de los sesenta y setenta, EE.UU., en conjunto con los sectores dominantes y los ejércitos locales, ponen en marcha el Plan Cóndor. En un contexto de gran activación política en el cual diversos sectores con un fuerte sentido solidario cuestionaban el orden de las cosas y luchaban por mayor justicia y equidad, este Plan impulsa a lo largo de América Latina una ola de golpes cívico-militares con el objetivo de disciplinar a los sectores populares. De este modo, el terrorismo de Estado, a fuerza de la persecución, asesinato, secuestro, tortura y desaparición de innumerables compañeros y compañeras, eliminó o exilió a una generación entera de dirigentes y activistas políticos y sociales, al tiempo que atemorizó a gran parte de la sociedad, rompiendo los vínculos sociales mientras se aseguraba y consolidaba el poder de los sectores dominantes a través de una serie de reformas estructurales de la economía.

Esas transformaciones generaron las condiciones para que, aun cuando la mayoría de los países habían retornado a gobiernos democráticos, durante la década de los noventa, se profundizaran las reformas neoliberales. Durante esos años, fuimos prisioneros de un discurso que imponía la clausura de los conflictos políticos, las luchas ideológicas y cualquier alternativa a las leyes sacrosantas del mercado. Donde no cabía lugar para la intervención del Estado. Donde cada uno, sin mirar a los demás más que como competidores, sólo se preocupaba por su propio bienestar. Este modelo, lejos de mejorar las condiciones de vida de las mayorías, demostró que el "vaso" nunca está lo suficientemente lleno como para "derramar", a menos que exista un Estado capaz de inclinarlo y "volcar" los beneficios de ese crecimiento sobre el pueblo. El modelo neoliberal funcionó como una máquina de marginar, generando niveles altísimos de desocupación, pobreza e indigencia, aumentando la desigualdad y produciendo una profunda transnacionalización de la economía.

Bajo el dominio hegemónico del discurso neoliberal, un clima de resignación y desasosiego dominó la escena. Sin embargo, a pesar de haber sido silenciados durante años, los movimientos sociales y políticos, que no resignaron sus luchas, sostuvieron un proceso de resistencia y construcción popular que produjeron desde la Venezuela de Chávez, pasando por el Brasil de Lula, la Argentina de Kirchner, la Bolivia de Evo Morales, el Uruguay de Tabaré Vazquez, el Ecuador de Correa, el Paraguay de Lugo y la Chile de Bachelet, entre otros procesos, el surgimiento de nuevas perspectivas en América Latina. En esos países, reapareció la política como terreno de disputa, y se iniciaron procesos complejos y diversos, donde el punto en común resultó la redefinición del rol del Estado en la regulación de la economía y la participación popular.


América Latina —y la Argentina no fue la excepción— giró hacia posiciones que, aunque en muchos casos no terminan de delinear un modelo alternativo, implicaron un freno al dominio del neoliberalismo, reapareciendo en escena la puja por la distribución de la riqueza. La crisis internacional que se extendió por el globo desde fines de 2008 no hizo más que confirmar a nivel mundial lo que en Latinoamérica ya se venía insinuando: el fracaso estrepitoso de las estrategias del decálogo neoliberal.

Nuevos aires soplaban al comienzo del siglo XXI para América Latina: la vigencia simultánea de sistemas democráticos en la mayoría de los países, la carencia relativa de conflictos bélicos entre naciones de la zona y la coexistencia de gobernantes con vocación autónoma respecto a Washington, que impulsaron la integración regional y la intervención estatal. Aunque estas nuevas tendencias en algunos casos no fueron más que una tímida insinuación de un nuevo rumbo, fueron percibidas como una amenaza insoportable por los defensores de un orden injusto que se presentaba —y se sigue presentando— inevitable e inalterable.

En América Latina, se vivió una agudización de los conflictos políticos y sociales en muchos países donde gobiernan fuerzas del campo popular: en Bolivia, Ecuador o Venezuela, las contradicciones alcanzaron su punto más álgido, planteando un escenario de disputa entre los que apuestan por un modelo transformador y las viejas elites que desean ver derrotados esos proyectos. El golpe de Estado en Honduras es, tal vez, la más clara muestra de que los bloques hegemónicos van a apelar a todos los medios para frenar o derrotar definitivamente las experiencias que escapen a los intereses concentrados.

Esta realidad latinoamericana de la que somos parte es indisociable de la realidad nacional, y las líneas anteriores sirven como explicación de nuestra actualidad. Luego de la dictadura y la década menemista, a fines de 2001, los niveles de desigualdad y exclusión generados por una crisis económica y social sin precedentes, producto de la disolución de todos los lazos sociales y la destrucción económica y social de las familias argentinas. A partir del 2003, se inicia una nueva etapa. En un proceso con diversos claroscuros y cargado de contradicciones, el kirchnerismo reabrió múltiples debates públicos y reintrodujo la política como herramienta de transformación. Reapareció así la intervención del Estado asociada a imprescindibles reparaciones sociales: la apuesta al mercado interno como motor de la reactivación industrial y promotor del empleo, la no represión de la protesta social, la Asignación Universal por Hijo, la reestatización de las AFJP y de Aerolíneas, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la renovación de la Corte Suprema, la renegociación de la deuda desde una posición soberana, las retenciones agropecuarias, el aumento del presupuesto educativo y del gasto social, la revalorización de los DD.HH., la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y el impulso de los juicios a los genocidas. También, por qué no decirlo, la reaparición de ideales vinculados a la militancia y el proyecto colectivo y popular que parecían sepultados por los años de plomo.

Esta matriz distributiva injusta —que establecieron los militares y luego consolidó el menemismo, asociados con otros actores nacionales y extranjeros— generó niveles de desigualdad que alcanzaron un pico máximo en 2002, cuando los sectores más ricos ganaban 31 veces más que los más pobres. Y, si bien se vienen desarrollando una cantidad de políticas concretas y se sostuvieron una serie de medidas redistributivas puntuales, esa matriz no ha sido desmontada y en el último tiempo la riqueza no dejó de repartirse inequitativamente; aún después de largos años de crecimiento los sectores más ricos ganan 29 veces más que los más pobres en nuestro país. Desmontar esta matriz distributiva debiera ser el objetivo principal de una fuerza que se plantea como voz de los sectores populares, de los trabajadores y también de los sectores medios. Sabemos que este objetivo está acompañado por otras banderas que también definen nuestra identidad, como lo son la activa militancia por la verdad, la memoria y la justicia —tanto respecto a nuestra pasado reciente como también en el presente urgente en cuestiones tales como la desaparición de Jorge Julio López y de Luciano Arruga—; por el acceso irrestricto a la salud y la educación pública de excelencia; por la eficiencia en la gestión pública; por la lucha contra la corrupción y la definición de mecanismos de rendición de cuentas y de acceso a la información pública; por el establecimiento de herramientas de democracia participativa; por la integración regional desde una perspectiva antiimperialista; por la soberanía de los recursos naturales; por el pleno ejercicio de los derechos de todos y todas —especialmente en los ámbitos relacionados a la igualdad de genero, el acompañamiento de los reclamos históricos de los pueblos originarios, la defensa de la democracia sindical, la asignatura pendiente de la personería gremial de la CTA y la posibilidad de autoorganización estudiantil—. Sin embargo, entendemos que en torno a la inequidad de la matriz distributiva pasa hoy el debate principal y la confrontación de modelos en la Argentina. Este Gobierno tuvo la oportunidad de modificarla, contaba con el apoyo popular de distintos sectores de la sociedad. Tenía mayoría en ambas Cámaras legislativas y a la mayoría de los gobiernos provinciales a su lado. Sin embargo, no supo, no quiso o no pudo avanzar todo lo deseable.

El porqué de esta incapacidad es parte del debate que hoy divide a la izquierda democrática y los sectores populares que, aún con todos en la misma búsqueda, se encuentran divididos en tres grandes grupos: parte de los compañeros y compañeras del campo popular se enrolan en en oficialismo porque creen que el kirchnerismo, con todas sus contradicciones, es el único camino para impulsar un proyecto de redistribución del ingreso; otro sector considera que el gobierno no es más que otro capítulo de la derecha disfrazado bajo una “careta progre”, y que la única manera de redistribuir la riqueza es sacando a este Gobierno para que pueda venir la “verdadera izquierda” y por eso se enrola en las filas de la oposición —quizás sea mas apropiado hablar de las oposiciones—; y por último, estamos quienes revindicamos muchos de los logros de este Gobierno y consideramos que la principal amenaza que debemos enfrentar proviene de una derecha reaccionaria que quiere volver atrás con los avances mas significativos, pero que no nos conformamos con el presente y con los límites que esta alternativa representa.


Nuestra lectura parte de considerar que las limitaciones del Gobierno vienen dadas por no haber avanzado en la transformación de la cultura política y por no haber generado una base de sustentación social por fuera de la estructura del PJ, que impone un techo a la capacidad de transformación del Estado a partir de su compromiso con andamiajes clientelares, reflejadas en muchas provincias y especialmente en muchos municipios de la Provincia de Buenos Aires. Sabemos que no somos autosuficientes ni portadores de la única verdad y que es absolutamente necesario unificar lo que hoy esta disperso, que sólo en la medida en que podamos procesar las diferencias para actuar en unidad generaremos un poderoso movimiento popular capaz de transformar la realidad.

Para avanzar en ese camino, estamos construyendo una nueva fuerza política, autónoma de las estructuras políticas tradicionales, que hoy no representan contenidos programáticos, sino meras maquinarias electorales al servicio de cualquier ideología, donde el único valor es la conveniencia coyuntural. Nuestra tarea inmediata es construir un partido político de ideas, que reivindique el valor de la militancia, con fuerte presencia en los barrios, en las escuelas, las universidades y los lugares de trabajo, que mantenga la coherencia entre lo que dice y lo que hace, que entusiasme y vuelva a convencer de que es posible transformar la realidad.

En la pasada elección, logramos cumplir nuestros objetivos sin cambiar el discurso con fines electoralistas ni caer en maniqueísmos en un contexto de una elección polarizada y, con escasos recursos, logramos obtener varios legisladores locales y que nuestro máximo referente acceda a una banca en la Cámara de Diputados. Pero el escenario postelectoral aparece aun más complejo. Tratar de entender hoy los problemas a los cuales nos enfrentamos como fuerza política emergente, en el medio de la lucha de modelos que enfrenta actualmente nuestra sociedad, es una tarea trabajosa, pero imprescindible que tiene que servirnos como disparador de algunas reflexiones.

Digámoslo en forma sencilla y clara: a la oposición —a esa que los medios presentan como “la oposición”— ni por asomo se le ocurriría plantear esta problemática. Su objetivo, sumamente electoralista, versa en minimizar y dividir el escenario en Autoritarismo vs. Consenso, ocultando la esencia originaria de conflicto y pugna que tiene la política, presentándose con la triste vocación de agraciados gestores del status quo, donde lo que los indigna no son las víctimas de esta matriz injusta, sino las medidas más acertadas de este Gobierno; es decir, aquellas que, aun con sus falencias, limitaciones y desprolijidades, tienden a aumentar la capacidad de intervención del Estado en la distribución de la riqueza abriendo la posibilidad de generar cambios estructurales. Partidos que estaban en vías de extinción resucitaron gracias a los errores no forzados de este Gobierno, peinándose otra vez para una foto en la que no tenían que salir.


En este contexto, y teniendo en cuenta los cambios positivos y negativos en Latinoamérica para los movimientos populares, es bueno observar las experiencias vecinas para aprender de ellas, de sus aciertos y errores. Allí tenemos, en el Uruguay, al Frente Amplio como ejemplo de construcción sin atajos, donde las formas también hablan de los contenidos programáticos, de un proceso, que en palabras del Pepe Múgica “no es para apuraditos, sino para convencidos”. Por supuesto, la reciente elección en Chile abre interrogantes sobre el futuro, renovando la necesidad de trabajar por la unidad de los sectores populares. Allí también está el Brasil, como experiencia del vínculo de los sectores trabajadores y del sindicalismo con la política, y la epopeya de Evo, y la difícil batalla de Chávez en una sociedad dual, por citar solo unos breves ejemplos. Somos, también, esas historias, esas derrotas y esos triunfos. Somos la misma patria.

Entonces, nuestra identidad partidaria también tiene que seguir moldeándose, construyéndose al mismo tiempo que sirve para ordenar el escenario político. Tiene que costarnos menos palabras definir quiénes somos, porque son las acciones las que nos tienen que definir. Hoy, a través de los términos izquierda democrática, progresismo, campo nacional y popular, centroizquierda, tratamos de definirnos sacando lo mejor de estas tradiciones políticas.

Nos definimos con todas estas tradiciones, porque cada una recoge algo que nos identifica, pero también posee limitaciones que no debemos obviar: no podemos repetir el vicio de las izquierdas sectarias que viven de espaldas al pueblo del que aspiramos ser voz. No podemos dedicarnos, como hizo y hace algún progresismo, a una vocación principista de denuncias y alta cultura, pero inútil y deficiente para la gestión de Gobierno y para el barro con que está hecha la historia. No podemos, por identificarnos con el sector nacional y popular, no entender la necesidad de sumar a los sectores medios, no entender que es nuestra tarea lograr esa alianza para hacer viable nuestro proyecto. Y tampoco podemos repetir la conducta de esa rara “centroizquierda” republicana que prioriza el cuidado de las formas, y resguarda los capitales extranjeros y la seguridad jurídica de sus inversiones antes que proteger las conquistas sociales y velar por los sectores excluidos.

Por todo esto, en nuestra identidad, nuestro mayor capital está en los logros de la gestión en Morón, y estamos hoy ante el desafío de reproducirla en cada instancia del Estado, ya sea ejecutiva o legislativa, sumando en el camino a compañeros y compañeras, que con un mismo horizonte se encuentran en distintos espacios, entendiendo que de nuestras conductas y acciones dependerá el acercamiento también de numerosos sectores de la sociedad. Es nuestro desafío hacer conocer nuestra experiencia de gobierno, caracterizada por la transparencia, pero también por la universalidad y equidad de todas las políticas. Este es nuestro capital y nuestra llave para convocar a las y los desencantados de la política.

Construir con autonomía una fuerza progresista y popular —rescatando el valor de la unidad por encima de los matices y las diferencias que suelen caracterizar a este espacio— significa hacerlo generando nuevas estructuras por fuera de los partidos tradicionales, pero no al margen de los conflictos y las disputas políticas e ideológicas del presente. Hoy en día, nuestro país y el continente se debaten en una contradicción fundamental: o los procesos políticos iniciados en la región se fortalecen y consolidan, o se abre una etapa de restauración conservadora neoliberal. El momento histórico que vivimos, donde lo viejo y lo nuevo pugnan dramáticamente para definir el destino de nuestra América, reclama nuestra responsabilidad histórica y nuestro protagonismo como jóvenes para defender los avances y profundizar el proceso de transformación para avanzar en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y equitativa. La única manera de lograrlo es generando una alternativa política fuerte, que ayude a frenar el avance de la derecha reaccionaria y pueda condicionar por izquierda al Gobierno, forzándolo a profundizar los cambios.

Pero además, y para hacer más compleja nuestra tarea, como jóvenes tenemos también la misión de defender y difundir nuestros derechos en toda la provincia. Porque si hablábamos de procesos políticos contradictorios en Latinoamérica, nuestro país no es la excepción. La alquimia electoral permite que este gobierno nacional conviva con un gobierno provincial del mismo signo que continúa y renueva las peores recetas neoliberales, emulando a su par porteño. Un gobierno pragmático, basado en decisiones conservadoras y políticas de ajuste acordes al status quo. Un Gobierno que adopta como respuesta efectista a un problema serio como la inseguridad, la estrategia de criminalizar la pobreza y estigmatizar a la juventud. Es nuestro deber desnudar este discurso y proponer, a los problemas estructurales originados en la desigualdad sostenida, soluciones integrales que contemplen el ahora, pero entendiendo la centralidad de aquello que señalábamos al inicio como la mayor de nuestras luchas: la redistribución del ingreso, la justicia social y la igualdad de oportunidades. Para ello debemos edificar, con prisa y sin pausa, más democracia y más equidad.


Estamos convencidos de que las transformaciones se dan siempre en un contexto de disputa y que la justicia social se conquista y es el resultado del esfuerzo cotidiano. Nuestra militancia tiene que ser testimonio de esta verdad y de esta lucha. La juventud tiene que motorizar este movimiento, protagonizando nuestras realidades, desde cada uno de nuestros espacios, siendo cada uno y cada una ejemplo de nuevas prácticas políticas que inviten a sumarse a los que nos rodean. Y así en cada espacio de nuestra realidad: en nuestros trabajos, en nuestro territorio, donde estudiamos, convenciendo de nuestros ideales a través de una coherencia en nuestra acción y en el lugar a ocupar en cada lucha. Que cada gesto nuestro sea un signo del horizonte que aspiramos con paciencia, con esperanza, pero, sobre todo, con acciones.

Por eso, como jóvenes tenemos el enorme desafío de extender este mensaje allí donde hay otros jóvenes, otras jóvenes que precisan de nuestro esfuerzo colectivo. Por eso, como juventud debemos tener voz en los debates estudiantiles, en los colegios, en las universidades. Defendiendo la educación pública, militándola como elemento imprescindible para una sociedad más justa. Convocando a la organización en la escuela como puerta de entrada a la vida democrática. Incentivando la participación y el compromiso en las aulas y fuera de ellas. Porque cada joven que se suma a esta fuerza debe comprometerse también con la realidad de su barrio, como fomentar la organización en los lugares de trabajo y la participación juvenil en las organizaciones gremiales. Es desde allí, en cada ámbito territorial y en cada lugar de estudio o trabajo desde donde podemos empezar a cambiar la injusticia que nos duele; y es también desde allí desde donde se construye en forma sólida una verdadera alternativa de gobierno, una fuerza política nacional con fuerte expresión en lo local. Porque es importantísimo que el partido crezca a través de las figuras de nuestros referentes. Pero sólo el crecimiento de la militancia, y la consolidación de proyectos colectivos que pongan los valores y los ideales por encima de las figuras individuales, generarán movimientos sociales transformadores que convoquen a las mayorías y perduren en el tiempo.

Y todo esto debemos hacerlo sabiendo que con nuestra militancia no debemos construir solamente una nueva opción electoral, sino que debemos construir una nueva forma de hacer política. Entendiendo que nuestra acción será en muchos sentidos contracultural, en la medida en que la cultura dominante promulga los valores del individualismo y la competencia. Cuenta para ello con las tribunas y parlantes de los grandes medios, de las corporaciones económicas y, también, de las estructuras políticas tradicionales. Nosotros buscamos humildemente instalar los valores de la participación y la solidaridad. Ese es el desafío, ese es el horizonte. Es nuestro sueño y también nuestra tarea.

Por eso, como jóvenes, como integrantes de esta fuerza política que es nueva por su dirigencia, por su militancia y por sus prácticas, debemos seguir fortaleciendo este rasgo de identidad. Y para ello es necesario, es imperioso y es un deber militante, comprometernos a generar juntos y en forma solidaria nuevas formas de financiamiento de la política. El Encuentro nace y crece con esta convicción. De esta manera, podemos decir con claridad y transparencia de dónde sale y a dónde va cada peso que este partido utiliza para su construcción política y social. Pero además, porque con la independencia que nos otorga ser los únicos que sostenemos el Encuentro, con esa misma independencia nos podemos parar en cada debate público, sabiendo que podemos y vamos a gobernar defendiendo el único interés que nos convoca, que es de las mayorías postergadas, que es el de una sociedad más justa.

Para esto es importante que cada uno, que cada una, en el marco de sus posibilidades, y comprendiendo a la vez lo preciso de este esfuerzo, aportemos nuestro grano de arena en esta dirección. Porque nuestro aporte no solo contribuye a alcanzar los recursos necesarios para emprender campañas y acciones políticas. Sino que es una forma más de pertenecer y construir juntos este partido. Como lo hacemos en cada actividad militante, en cada debate, en cada elección.

El desafío, como podemos ver, es inmenso. Inmensas han de ser las ganas. Y debemos ser protagonistas. Porque los jóvenes no somos el futuro, somos el presente; y de nosotros depende el futuro. Sabemos que solos no podemos alcanzarlo. Sabemos también, que nuestra experiencia, que nuestras ideas, que nuestra coherencia política y nuestra militancia permanente siguen y seguirán contagiando a muchos y a muchas. Este es el camino que tenemos por recorrer. Esta es la manera de romper el discurso del desencanto que habita en los medios, que habita muchas veces en nosotros. La fuerza ha de ser, sin duda, las ganas de cambiar, el dolor que nos genera y nos debe generar cada injusticia. Así, nuestra militancia va a ser sinónimo de lucha y nuestra lucha esperanza transformadora.

Una inmensa alegría llena de convicciones e ideales nos convoaca a seguir militando... por esos pibes de las barriadas... por nuestros sueños de la Patria liberada.

Abrazos militantes a todos y todas.



Juventud del Encuentro por la Democracia y la Equidad

Provincia de Buenos Aires

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